Supermamis: La realidad dista de la mami de revista


Si tuviera que elegir un día, sólo un día en mi vida como el más feliz de todos, ese sería, sin lugar  a dudas, el día que me estrené como madre. Eso sí fue cumplir un sueño (y acabar con mi sueño nocturno… jeje).

Recuerdo que llegué al hospital cargada de nervios, miedos, incertidumbre, nostalgia, subidón (el kit básico de toda parturienta novatilla, vamos), pero sobre todo con una ilusión y unas ganas de verle la carita a mi pequeña que podía más que cualquier otra preocupación. Y todo eso, sumado al chute de endorfinas, oxitocina y adrenalina que llevamos las parturientas de serie, claro. Algo así como tomarse un bloody mary a palo seco a eso de las 7 de la mañana. Ese día cambió mi vida de verdad, para siempre jamás. Palabrita de Niño Jesús…

Reconozco que para mí, cada paso ha sido un regalo. Y lo mejor es que cada uno de los regalos que me han hecho mis locos bajitos han sido regalos “porque sí”, sin fechas señaladas, sin motivo, sin razón aparente, sin etiquetas. Regalos de corazón y para el corazón. De esos que de verdad sorprenden, porque no te los esperas.

Fue un regalo oír gritar a mi loca bajita por primera vez, a las 16:15 según el reloj del quirófano, un regalo notar su piel contra mi piel, un regalo cuando ella solita, sin que nadie le guiara, se encaramó a mi pecho para mamar, un regalo observar cómo dormía, la paz que transmitía y sus sonrisas de madrugada. Recuerdo que podía pasar las horas muertas mirando aquel regalo. Había noches en que simplemente no dormía y no porque ella estuviera despierta (era un lironcito al que tenía que despertar para darle de mamar). No dormía porque me parecía increíble, imposible, que aquella cosa chiquitita fuera parte de mi vida.

Y sí, es un regalo cada minuto que paso con ellos, aunque a ratos (a veces demasiados cuando el día ya empieza cuesta arriba) el camino se hace difícil y una se ve sin recursos ni respuestas. Porque cada paso me sorprende y me ayuda a crecer, aunque nadie dijo que fuera fácil. Y, desde luego, no lo es.

Porque (momento musical, se abre el telón….) “la realidad dista de la vida de revista”.

Ser madre es un multioficio, que a ratos te saca de quicio.

Payasa, cantante y equilibrista,

puro entrenamiento de artista.

100% táctica mental,

una estrategia sin plan.

Sin cálculos, guías ni pistas,

ni mapa que nos asista.

Ser madre es la gran conquista.

Ser madre no es una ciencia. Es cuestión de mucha paciencia.

Te entregan bebé, canastilla y flores,

sonajero, chupete y los biberones.

Pero por prisas o emociones,

nadie te da el manual de instrucciones.

Y el principio es una odisea,

mayor que montar un mueble de Ikea.

Ser madre es la gran tarea.

Ser madre es una batalla, con noches en que tu bebé no calla.

Cólicos, pánicos y terrores

y tú sola sola con tus errores.

Te juzgan: sigue la norma!

No puedo, no encuentro la forma!

Hasta que entiendes, amiga

que la crianza tiene su miga

Sin juicios, ni bueno, ni malo.

Ser madre puede ser un regalo.

Cada una vive la maternidad como sabe, como entiende, como puede, como quiere. Aferrándose a lo que puede, a quien puede, porque no es cuestión de ser la norma, ni marcar los tiempos, ni seguir rutas prefijadas. Es cuestión de adaptación, de conciliación, de paciencia y de aprendizaje. No hay fórmulas secretas, ni máster al que una pueda apuntarse.

Mi post de hoy está dedicado a todas las madres que lloran, a las que ríen, a las que no pueden más y a las que lo pueden todo, a las que han parido y a las que han acogido o adoptado. Sois muy grandes, porque vuestro es el mundo, el poder y el love….mucho love!

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